Wednesday

El encuentro

Tu historia es esencialmente simple. Y tal simpleza puede convertirse en algo complicado bajo el desgano de las palabras. La conociste una tarde de noviembre, cuando las hojas aún caían de los árboles. Su cabello te inspiraba más poesía que el otoño que moría. La viste pasar, solitaria entre un montón de gente. Desde ese día las palabras murieron.

Estabas sentado en el banco frente a algún aparador. Observabas con cierto agrado la gente que se regocijaba al entrar y salir de las tiendas. La espera de cinco minutos se había convertido en una agobiante tarea sin fin. Vestías tus pantalones favoritos con aquella camisa obsequiada por tu madre tres meses antes. Y de pronto, como una ráfaga de luz que todo lo alumbra ella apareció frente al aparador. Estaba vestida de negro, con un tinte rojo en el cabello. La acompañaban tres o cuatro personas más. Era tan sencillo ignorarlos al estar con ella. Su sonrisa era eterna, como cristalizada. Tu corazón paró de latir por un instante y supiste que la amarías. Supiste que cada día despertarías bajo el embrujo de su mirada. Mirada que te veía y no veía nada. Supistes que en tus sueños la agonía acabaría con tu inocente ilusión. Supiste que llorarías. Pero la amaste. Decidiste vivir bajo el embrujo de ese amor que tú creaste. En un instante supiste como sería ese amor. Y preferiste el dolor y la agonía que saberte lejos de su brillo. La amaste mientras yo aprendía a odiarla. Odiarla bajo el encanto de otro sentimiento.

Pasaron poco más de dos segundos cuando decidiste acercarte. Mientras caminabas parecías tan seguro, tan valiente. Me hubiese encantado verte así, tan gallardo. Pero supongo que me hubiera partido el corazón verte llegar a ella. Su mirada te aterrizó bruscamente. Parecías un jinete que cae del cabello y se siente perdido en el aire sin lograr alcanzar el suelo. Así te derrumbaba. Su aroma quizá, su mirada coqueta que a muchos miraban. O quizás solo sus palabras dulces. Tu saludabas a una de las chicas que la acompañaba. Casualmente resultó familiar, y conocer a la niña de cabellos de fuego resultó menos espontáneo. Tu espera de cinco minutos terminó.

Alejandro llegaría animado y se uniría al grupo con su peculiar entusiasmo. Ellos se retiraron. Ella se marcho. Sin decir nada. Solo bastó con que elevara ligeramente su mano para clavar en ti la espina del amor eterno. Ese primer instante en que se marcho, fue el instante en que la amaste. Después del encuentro, temías encontrarla, porque temías que cada vez se marchara.
Arely Cortés González

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